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El atractivo de las “causas perdidas”.

El otro día en clase, mi profesor de Historia Contemporánea del País vasco, el gran Santi De Pablo hizo referencia al “atractivo de las causas perdidas” en referencia a la imagen romántica y, en ocasiones, épica que tenemos del carlismo vasco. En este post, me propongo reflexionar un poco, sin ánimo de ser exhaustivo, sobre la idealización y en muchas ocasiones manipulación interesada de acontecimientos del pasado que nos llegan, por tanto, deformados y adulterados, conservando poco o nada de su “forma” original.

En primer lugar, hay que aclarar a qué me refiero con “causa perdida”. El significado que pretendo expresar y al que creo que se refería mi profesor es el de una ideología o proceso histórico que, por causas de diversa índole, no se ha llegado a poner en práctica o ha sido finalizado de manera abrupta causando un cambio brusco en el devenir histórico. Como ejemplo, mi profesor ponía el carlismo vasco, cuya ideología contrarrevolucionaria ha sido vista de manera romántica como una defensa de los particularismos vascos, una idealización del mundo rural idílico vasco que se alza en armas contra la modernidad y la españolidad etc. Nada más lejos de la realidad, porque si algo eran realmente los carlistas eran españoles, pues defendían una línea sucesoria paralela a la de Isabel II que les asegurase que el Antiguo Régimen no diese paso al sistema liberal que traería consigo la progresiva eliminación de los fueros, una disminución del peso de la Iglesia en la política, desamortizaciones, pérdida de privilegios de la nobleza y el clero, etc. Es decir, suponía la pérdida de todo lo que defendía el carlismo. Esta ideología se ve reflejada en el lema del carlismo vasco: Dios-Patria-Rey-Fueros. Sin embargo, al ser un movimiento que perdió dos guerras 1833-1840 y 1872-1876, se nos presenta un tanto deformado como unos pobres campesinos qué solo pretendían defender sus particularismos, prácticamente como un movimiento de liberación vasco, y aparecen sus líderes (Tomás de Zumalacárregui en especial) idealizados como defensores de la libertad vasca en oposición a la “opresión” española. También se mitifican los uniformes, los lugares emblemáticos (Montejurra), etc. Sin embargo, (y ahora hago Historia-ficción) si hubiesen ganado la guerra y hubiesen mantenido el Antiguo Régimen por unos cuantos decenios más, ¿no sería nuestra imagen sobre ellos diferente? ¿No lo situaríamos al nivel del “rey felón (traidor)” Fernando VII que retornó al absolutismo tras la Guerra de Independencia y la experiencia constitucional gaditana? Sin duda, la respuesta es sí, pero es por esto que las causas perdidas tienen un regusto romántico que encanta a la gente. Por todo ello, el tema del carlismo se ha convertido en uno de los Best Sellers de la literatura histórica en el País Vasco.

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Tomás de Zumalacárregui (1788-1835)

Como segundo ejemplo sobre esta idealización de las causas perdidas, deberíamos mencionar la Segunda República. Éste es un tema mucho más espinoso ya que se sitúa más cercano en el tiempo y tiene muchas más implicaciones. Vaya por delante que con mi opinión no pretendo herir a nadie. Nadie puede negar que, entre amplios sectores de la población española hay una cierta idealización de la Segunda República y, no se puede negar tampoco que fue una “causa perdida” ya que fue cortada abruptamente por el alzamiento del General Franco y de parte del ejército en julio de 1936. Se ve la Segunda República como un periodo de libertad y como una época plácida que fue destruida por los fascistas. Esta afirmación, real en parte, debe ser matizada porque, si algo caracterizó a la Segunda República es la intolerancia que se generó durante su duración entre las izquierdas y las derechas. Durante los gobiernos de izquierdas, las medidas anticlericales en una sociedad con un amplio porcentaje de católicos fueron constantes, lo que desató las iras de amplios sectores de población. Durante los gobiernos de derechas, se reprimió duramente los movimientos obreros asturianos de octubre de 1934, y se trataron de revertir todas las medidas económicas, religiosas y sociales del periodo anterior. Por último, la chispa que hizo alzarse a parte del ejército fue la victoria del Frente Popular (una coalición de partidos de izquierdas) que suponía una vuelta y radicalización de las medidas de corte izquierdista, lo que los partidos de derechas no estaban dispuestos a asumir. El resto es historia. Por tanto, esa Segunda República que tanto se idealiza con sus símbolos (bandera tricolor), sus himnos (himno de riego), etc., fue, básicamente un desastre, provocado por las intolerancias opuestas de las izquierdas y de las derechas. Por todo ello, la gente nostálgica de la Segunda República debería plantearse si no es mejor un sistema democrático nacido de la concordia y el acuerdo entre las diferentes ideologías políticas, donde todos tengan cabida. A buen seguro, el sistema constitucional actual tiene fallos, pues está hecho por hombres, pero no debemos echar la vista atrás constantemente pensando que “cualquier tiempo pasado fue mejor” ya que, esa es una de las mayores falacias que se pueden pronunciar. Y, si algún día, ojalá que pronto, llega la república, que sea la tercera, no una reedición de la segunda con sus fallos e intolerancias, como si nada hubiera ocurrido y no hubiésemos aprendido nada en casi 80 años de Historia.

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Alegoría de la Segunda República.

En conclusión, debemos observar los acontecimientos del pasado tal y como fueron y no magnificarlos ni depreciarlos porque entonces no estaríamos ante un relato histórico, sino ante un cuento chino. Debemos andar con pies de plomo al leer obras históricas y no tragarnos lo que nos cuentan como si fuera palabra de Dios porque es la única manera de no caer en las manipulaciones que se orquestan desde las diversas ideologías que buscan en la Historia una justificación y un apoyo a sus programas. Veamos las causas perdidas como lo que fueron, algo del pasado que no llegó a consumarse o que fue cortado durante su desarrollo.

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